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En Venezuela, hacer turismo es siempre una aventura

Escrito por Lilia el Octubre - 13 - 2009 1 Comentario

puerto-la-cruz_1Recientemente hice un viaje a la isla de Margarita, luego de 12 años que no la visitaba. Decidimos ir por tierra hasta Puerto La Cruz y allí tomar el ferry.

Venezuela es un país con una gran red de carreteras y autopistas y, teniendo la gasolina a un precio irrisorio, debería ser sencillo y placentero llegar a cualquier destino de la geografía nacional sin mayores tropiezos y disfrutando de los maravillosos paisajes. Pero, en lugar de turismo, en Venezuela hay que ser verdaderos aventureros al ir de una ciudad a otra ya que la “travesía” está llena de imprevistos, tropiezos y peligros.

Para comenzar, el estado de las vías es deplorable. ¿Cómo es posible que una ruta turística que va de Caracas, ciudad capital, hacia el oriente del país donde están playas fabulosas y el acceso al Caribe, tenga unas carreteras llenas de huecos y que en 50 años no se haya terminado una autopista? Para quien no sabe, de Caracas a Puerto La Cruz se va por una carretera doble vía, sin separador en el medio y con tantos huecos, fallas y “sorpresas” que hay que encomendarse a todos los santos para que no lo agarre la noche mientras viaja por allí. Y, hay que recordar, es una vía de tráfico pesado donde transitan camiones, gandolas y autobuses.

Yo creo que en el Ministerio del Poder Popular para las Obras Públicas y Vivienda ha estado tan ocupado en los cambios de nombre que no ha tenido tiempo de verificar el estado de las vías públicas bajo su competencia. ¿O será que nos les caen bien los gobernadores de los estados Miranda y Anzoátegui y no los quieren ayudar a promover el acceso de los turistas? También podría pensar que en el Ministerio del Poder Popular para el Turismo creen que ya existe la teletransportación o que todos pueden viajar por avión a cualquier destino en Venezuela.

Dejando ese “inconveniente” de lado, pasemos a la parte dos de la proeza de llegar al ferry. Ya hace 12 años pasar de Barcelona (capital del estado Anzoátegui) hasta Puerto La Cruz era un fastidio por un trabajo que se estuvo haciendo con las tuberías. Esta vez pensé que había regresado en el tiempo, porque aún hoy se tiene que sufrir con el tráfico en esa zona por la construcción de un puente o distribuidor (no entendí que era) llamado La Victoria. Me imagino que lo llamaron así porque al llegar al otro lado todos gritamos ¡Victoria!

Como mi objetivo era ir al ferry, no tuve mucho tiempo de ver la ciudad. En especial, porque hace falta poner mucha atención para encontrar las señales de tránsito que indican como llegar. Desde siempre Puerto La Cruz ha sido una ciudad con mala señalización y no entiendo porque no hay una vía directa desde la autopista al puerto sin tener que pasar por las callecitas de la ciudad.puerto-la-cruz1

Luego de todo este periplo, abordamos el ferry sin mucha espera. Y entonces comienza el suplicio llamado Conferry. Si compro un pasaje V.I.P, que es más caro y supuestamente más cómodo, ¿no merezco al menos una disculpa porque no hay aire acondicionado? Nadie nos ofreció ni siquiera un jugo como compensación.

Llegar a Margarita, lugar turístico por excelencia, y ver el puerto Punta de Piedras hace que te preguntes si tomaste la decisión correcta. Sin embargo, el resto de la isla me pareció tan bella como siempre. Buenas autopistas y calles, playas con servicios, centros comerciales y restaurantes. Los precios del Puerto Libre no me parecieron tan baratos y se nota que ya no hay la variedad de productos que se podían conseguir.

Lo que más me gustó fue Pampatar y su calle gastronómica con diversos restaurantes. Ideal para pasar una noche con un grupo de amigos o la pareja, sin tener el bullicio del Sambil o de la Av. 4 de Mayo.

Disfruté mucho mi estancia en la Isla de Margarita. Lástima que de regreso tuvimos que sufrir, otra vez, de la ineptitud de Conferry pues el ferry “express” se tardó el doble del tiempo de viaje. Salir de Puerto La Cruz fue otra tortura, tardamos una hora del puerto a la autopista.

Ya en la vía de regreso, paramos en el santuario del Cristo de Jose para pedirle que nos recargue la protección y las bendiciones necesarias para viajar a través de Venezuela y no morir (de la rabia) en el intento.

En Caracas circulan 2 millones 200 mil carros al día

Escrito por Sabri el Agosto - 20 - 2009 1 Comentario

trafico-caracas-kudry¿Por que los caraqueños se consumen en las horas de cola? El Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Inttt) informó que en Caracas circula, en promedio, un millón 800 mil vehículos diarios, y si además se le suma la cantidad de autos que sólo pasean por la capital, la cifra aumenta a dos millones 200 mil carros por día. Si el parque automotor de Venezuela, según el Inttt, llega a cinco millones 350 mil vehículos, casi la mitad de todos los vehículos del país se mueven a diario solo por la Gran Caracas.

  • Actualmente las vías expresas son diseñadas para albergar, en promedio, 1.800 autos por canal en cada hora, a una velocidad de 120 kilómetros por hora, pero en Caracas, en horas pico un vehículo puede ir máximo a 5 km/h aproximadamente.

Nada más en 2005 se realizaron 2.831.680 viajes en transporte público, 1.176.994 viajes en transporte privado y 911.062 viajes a pie (datos suministrados por la Encuesta de Movilidad del Instituto Metropolitano de Transporte del 2005 de la Alcaldía Metropolitana de Caracas) y actualmente de los 4.966.136 viajes que se efectúan a diario en el Distrito Metropolitano, en los municipios Libertador, Sucre y Chacao el transporte público es el más usado para ir o retornar del destino deseado pero en las Alcaldías de Baruta y El Hatillo el principal medio de transporte es el particular, lo cual convierte la movilidad y transporte del Distrito Metropolitano en un gran desafío.

Como si no fuera suficientemente grande el caos vehicular, según los resultados de la encuesta de movilidad de Inmetra de 2007: la población del Distrito Capital supera los cuatro millones y medio de habitantes, existen 1.389.455 autos particulares, y sólo 30% de la población posee carro. Además, la tenencia de vehículos por hogar, en promedio, es de 0,6 carros por vivienda, lo que quiere decir, que las colas se estarían produciendo solo por el 30% de personas que viajan en su automóviles.

Se estima que una persona debe salir una o dos horas antes desde su casa para poder llegar al destino a tiempo, aún si vive dentro de la ciudad o en la periferia, y aunque la mayoría prefiera salir en vehículo propio, lo cierto es que 56% de los viajes, según reportó la oficina de Transporte y Vialidad del Municipio Baruta se realizan en transporte público y menos de 30% en auto particular. Esto destruye el mito de que la mayoría de las personas que viven en Caracas viajan en carros particulares.

Ante esta situación, Josefina Flórez, directora del Instituto de Estudios Regionales y Urbanos de la Universidad Simón Bolívar, precisó que el modelo de desarrollo urbano dominante en la Gran Caracas ha favorecido al uso del automóvil, el cual ocupa mucho espacio urbano. Tal fenómeno se debe en parte a los bajos costos de la gasolina (la más barata del mundo) y estacionamientos, ausencia de peajes y el Programa Venezuela Móvil.
Señaló que en el diseño de la Gran Caracas predomina: las autopistas, existen pocas avenidas, una baja oferta de accesibilidad, la cual está “muy mal distribuida, que se concentra en el Eje Central de la ciudad, en el sentido este – oeste y todos sabemos que uno de los graves problemas de Caracas es la baja conectividad norte- sur.”

Otro inconveniente para Flórez es la reducida calidad o insuficiencia de cobertura de transporte público en algunas zonas de la Gran Caracas, además “el sistema peatonal capitalino no es continuo y de baja calidad.”
Como consecuencias de este croquis de desarrollo urbano, la docente enumeró los siguientes aspectos: “segregación de los usos del suelo y la población; la ciudad es cada vez más extensa y menos densa; hay un alto consumo de suelo urbano para el uso del automóvil; menor conectividad vial; congestión y sus efectos; crecientes niveles de congestión del tránsito; altos costos de movilidad y sociales medidos: en tiempo, dinero, molestias, estrés, accidentes; altos costos ambientales como la contaminación atmosférica, ruido y la existencia de población más pobre con un bajo acceso a las oportunidades.”

La urbanista comentó otras secuelas de este diseño urbano que se expanden más allá de Caracas, las cuales son: Venezuela ocupa el 5to lugar en accidentes de tránsito en América y es el décimo en el mundo.
“Los accidentes de tránsito representan la 5ta causa de muerte en el país.”
Según los cálculos de los del Instituto Nacional de Transito Terrestre en 2007 hubo 3 mil 154 muertes por accidentes de tránsito (siendo en su mayoría hombres jóvenes entre 15 y 35 años), los lesionados llegaron a 16 mil 712, con daños materiales que alcanzaron los 136 mil 142 equivalente a en costo al 1,9% del producto interno bruto del país.

En cuanto a los Costos de la congestión, en las emisiones de CO2, Flórez informó que el promedio de América Latina es de 2,5 ton métricas de CO2/per pero en Venezuela llega a 5,9 tm/p (1990) y 5,3 tm/p (2002), es decir “la nación tiene el índice más alto de Latinoamérica, aunque menor que algunos países del Caribe como Trinidad y Bahamas. Se puede afirmar que tenemos una ciudad con muchos accidentes de transito y se eleva poco a poco la tasa de contaminación del aire, todo por falta de una política ambiental.”

La foto Tráfico @ Caracas es de Miguel Kudry y está publicada bajo licencia CC

Siga la información del tráfico en Caracas con twitter

Vivo en un valle de balas

Escrito por Naky Soto el Agosto - 16 - 2009 20 Comentarios

Domingo. Despertándome un poco más tarde, agarré el paquete de Tegretol, comprobé que sólo me quedaban dos pastillas y anoté de una vez en mi fiel Moleskine que debo comprar otras. Ya la lista de necesidades farmacéuticas está lo suficientemente grande como para atenderla.

Av Libertador, casracas

Sin desayunar –como lamentablemente es mi costumbre- salí para el frigorífico y entre coplas llanerísimas, esperé paciente la atención de un carnicero que ríe tan bien como hace sus cortes, mientras transforma una pieza de seis kilos en milanesas, bistecs y otras providencias, que siempre ayudan a planear el menú proteico del mes. Pagué mi cuenta y cargué el peso acompañada de mi cuñado, que acaba de superar el terrible transe de un choque por una gandola que se salió de control en la autopista regional del centro.

Conversamos alegres sobre su bebé que es mi adoración, el motivo de las risas constantes en mi familia, pues ya arribó a sus 8 meses y por supuesto está replicando cuanta mueca observa o simplemente “le sale” en actos reflejo. Arreglé todo en el congelador, saqué lo necesario para cocinar, prendí el radio mientras buscaba uno de mis discos favoritos: Desorden Público en el Teatro Teresa Carreño, concierto al que fui y del que salí vibrando por los 18 años –en 2003- del grupo que más admiro de este país nuestro.

Elecé tiene el disco 1, así que me tocó escuchar el 2, rechistando por el desordenado uso musical de mi consorte, pero no hay cebolla, ají dulce, ni pimentón que se resista a mis decibeles mientras acompaño la voz de Horacio Blanco. Llamando a mis padres a comer, apagué el bochinche. Inevitablemente en el almuerzo renace el tema de la ley de educación, cínicamente promulgada en el mismo teatro del concierto, ayer tarde, en cadena de radio y TV, para que a nadie le quedara duda del vigor de la imposición legislativa más desoladora que nos haya tocado vivir con esta asamblea de protozoarios que cobran un salario por aplaudir y hostigar.

Fregué platos y trastos, asumí que prender la televisión no era una buena opción, que mejor me vendría caminar, aprovechar el pegoste de una ciudad de lluvias imprecisas y tráficos terribles, pero mía. Olvidé el cine en solitario y me adelanté, tras bajarme en Chacaito, a un trancazo de gente que se distribuía a placer entre un grupo de músicos peruanos, unos payasos más innobles que el mismo Popy y un vendedor de películas piratas.

Al terminar de subir la empinada avenida y ya sobre la Libertador, pasando una peluquería “Only for Chinos” –en serio-, apuré el paso pues curiosamente no había mucha gente. O bien, sí había alguien.

Un cretino se abalanzó sobre mí, tomándome por el brazo derecho, me gritó que le diera mi cartera, que me quedara quieta porque si no “¡ay!”. Su voz no sonó tan contundente, él tampoco estaba para saber que traía un contrarío enorme, que a la Ley de educación debe sumarle la ley de tierras urbanas, la de procesos electorales, el brutal asalto a 12 periodistas, la cantidad de lacrimógenas del mismo día, las amenazas de secuestro a seres que amo; la convicción de un fascismo que crece y no tiene vergüenza alguna en hacerse manifiesto en cada decisión de este gobierno-partido-fuerza armada. No. Él no tenía que saberlo.

Le grité. Me separé. Le dije que no iba a dársela, que buscara oficio y me dejara en paz. Que no me daba la gana. Mientras le gritaba, él se subía los pantalones una y otra vez, no sé si fue solo desconcierto o si en otras oportunidades le habrá servido como señal de intimidación. Tampoco me importó mucho. Si él hubiese tenido un arma, tenía que haberla usado desde el principio. Volvió a gritarme, me insultó con más rabia que al inicio. Y no me moví. No sé por qué, pero no me moví. Él comenzó a cruzar la calle y se volteó para continuar con su segundo asalto, el del ultraje con palabras. No me moví. Me crucé de brazos mientras esperaba que la distancia se hiciera mayor. Fue una estupidez, pero no me moví.

Todo me latía, durísimo. Llegó un mensaje de texto de Elecé y le respondí mientras me temblaba el pulso que estaba llegando, que por favor bajase a abrirme. Respondió un “ok” y por fin avancé hacia su encuentro. Los minutos, en clara correspondencia con la teoría de la relatividad, se me hicieron eternos. No bajaba, no llegaba, no aparecía. Y ahora sí me movía. Movía mi cabeza y mis ojos en todas las direcciones posibles. ¿Y si regresa?… Pues no le veo. Pero a Elecé tampoco.

Comencé a desacelerarme, pero la ira estaba allí, trasmutándose, recordándome cada injusta muerte que he tenido que leer, que vivir y asistir. La nuestra es una tasa de súper y sobrevivencia, una lotería. Vete tú a saber cómo te trata la fortuna en una violencia que arropa mucho más que nuestras emociones, porque no es un asunto de percepción sino de praxis. Es una licencia instalada en el imaginario de tantos tipos como éste, que acompasan el morbo y la nula compasión para asumir la vida del otro como nada.

En aquel concierto con el que cociné, en la canción “Valle de balas”, Horacio Blanco intercalaba la letra con una sesión de preguntas sobre la inseguridad, cuyas respuestas sólo transmitían la emoción de los fanáticos-víctimas en el teatro. En ellas declama:

“…porque lo que pasa, es que quienes vivimos en Caracas, estamos acostumbrados, tristemente acostumbrados, a ver armas, a escuchar balaceras, a ver muerto en la acera… y en cualquier esquina, sale una ratica…”.

Lo cantaba en el mismo Teresa Carreño donde anoche se vitoreaba una ley, legal pero ilegítima. Pues nos arrebataron la participación. Asaltaron nuestra educación. Embistieron nuestro derecho al diálogo.

Vivo en un valle de balas. Mi ciudad está brava, y yo con ella. Y me muevo, no me acostumbro; me encumbro y sigo. Aunque el plomo revienta y nadie se alarme más de la cuenta.

“Que santifiquen a José Gregorio, y el presidente pa’l sanatorio”

El video de aquel concierto

La canción Valle de balas inicia en el segundo 30”, las frases de Horacio comienzan en el minuto 2′50”.

Basura en el sector El Rosario de Las Minas de Baruta

Escrito por Pablo Sánchez el Julio - 21 - 2009 3 Comentarios

“El paso del tiempo condena al olvido la memoria de un país”
Arthur Miller (Dramaturgo estadounidense).-

MARTES - PREGIRA

La maraña de cables nos dio la bienvenida al sector El Rosario de Las Minas de Baruta.

Los funcionarios locales nos escoltaban mientras rechazábamos los chalecos antibalas. “Si van a ir pa’ esa zona deben ponerse ésto… los habitantes de allí tienen una culebra montada desde lo del domingo…”.

Tras intercambiar una breve mirada con mis compañeros, tomé la palabra: “Tranquilo oficial, no es necesario trasladarnos hasta allá. Este lugar tiene suficientes problemas. La calle con la basura amontonada al lado del comedor comunitario tiene todo lo que necesitamos para el reportaje. Nos vemos el jueves para transmitir en vivo…”.

JUEVES - DIA DE LA TRANSMISIÓN

¡Gloria, –gritó doña Amparo- llegaron los de la prensa! Al instante asomó su cara la cocinera del comedor. Rechoncha y con una sonrisa de oreja a oreja me recordó de nuevo a las “señoras milenarias” que llevan su vida entera vendiendo empanadas en “El Palito”. Al verme se acercó y dijo contenta: “Mijo que bueno que vinieron… a ver si ahora sí es verdad que la alcaldía nos limpia la calle y los niños dejan de comer con ese olor a podrido al lado de uno”. Las autoridades comenzaron a llegar, y con ellos el camión del aseo. “Hacemos lo que podemos… pero la comunidad también tiene que poner de su parte”.

“Móntate un momento en la moto para que veas esta cancha de baloncesto que rescatamos, por ejemplo”. A menos de una cuadra había otro aro… a mí mente vino de nuevo que Caracas debería ser conocida como la capital de los contrastes. Dudo que existan muchos lugares en el mundo en donde dos aros de baloncestos situados tan cercanos uno del otro, puedan lucir tan diferentes.

El reportaje fue un éxito. Por primera vez hubo más autoridades de las que se podía entrevistar. La comunidad hizo sus propuestas para solucionar el problema de la basura. Un vecino aprovechó para hablar sobre el mal estado de los cimientos de su casa… “si vuelve a llover fuerte, esta vaina se cae”. El camión limpió la calle, nosotros recogimos nuestros peroles al terminar y nos fuimos entre sonrisas y deseos… “ojalá y se mantenga limpio…”

Los vecinos prometieron que iniciarían una campaña de concientización para que ya nadie arrojara desperdicios fuera de las horas establecidas y los lugares reglamentarios.

Del incendio ni siquiera se habló, aquello ya era una noticia demasiado vieja. La señora Gloria me recordó cuando nos marchábamos, que no había tenido tiempo de decir que le faltaba el gas para el comedor comunitario… los policías volvieron a sus chalecos antibalas… todo esto ocurrió la semana pasada.

Un escritor llamado Roger Martin du Gard dijo que la vida sería imposible si todo se recordase, y que el secreto para vivir bien está en saber elegir lo que debe olvidarse… me pregunto si los vecinos de El Rosario recordarán que parte de la solución a sus problemas está en sus propias manos, si las autoridades recordarán que la mejor manera de atender una emergencia es evitando que ocurra o si, como suele suceder, es más fácil olvidar…

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