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Septiembre , 2010
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¿A dónde se fue el instinto maternal?

Escrito por Guzmar el Septiembre - 12 - 2009 5 Comentarios

pc050105He presenciado cosas buenas y malas, muchas para mi gusto, porque tengo la mala costumbre de tomarme todo a pecho. Otros lo llamarían vivir intensamente. Yo diría que me preocupo más de la cuenta. Lo cierto es que lo que quiero contar me preocupó “más de la cuenta”.

Acostumbro llegar a la radio a las 6 de la mañana, hora en que sale al aire mi programa, siempre con un dejo de cansancio por mis funciones como periodista, mamá, esposa, hija y amiga, entre otros cargos que preferiría no intentar definir en esta tribuna porque definitivamente sería otro artículo.

Como es costumbre bajo del carro de mi tío, quien diariamente se ha tomado la tarea de llevarme al trabajo. Es parte del amor paternal que siempre ha sentido por mí y del afán de protegerme a pesar de mis 28 años.

Ese día llovía, no a cántaros, pero llovía. Escasamente había encontrado en el camino a la emisora uno de los periódicos impresos que siempre leo al inicio del programa, porque en Barquisimeto cuando cae llovizna los pregoneros desaparecen de las calles protegiendo su mercancía de los embates del agua.

Finalmente bajé del carro. En la emisora, que también es sede de un instituto universitario, conviven una pareja de perros que hace más de 15 días tuvo media docena de cachorritos de los cuales 2 murieron pocos días después de nacer, cada mañana al llegar voy pendiente por si anda uno por allí, tengo debilidad por los cachorritos.

Ese viernes, fue igual, divisé mis alrededores esperando ver a uno. Mi tío aun estaba estacionado esperando que entrara a la emisora, yo continuaba con mi paso lento a pesar de la llovizna esperando ver a los perritos, de repente, mire a mi izquierda y allí estaba uno, chillaba con voz muy bajita, no sé si porque estaba lejos de su mami o porque se mojaba con las gotitas de lluvia, parecía no poder andar.

Inmediatamente mi personalidad de “súper heroína” salió a relucir (me preocupé más de la cuenta), y decidí acercarme para ayudarlo a resguardarse, no había dado dos pasos cuando escuche el ladrido de la perra, su mamá, venía directo hacia mí con los dientes afilados, mirándome como a una enemiga, su mirada de furia me heló instantáneamente la sangre, el corazón se me salía del pecho, no podía pensar en nada, me paralice.

Luego tuve un pensamiento al mejor estilo de Pinky Dinky Doo (los que tiene hijos sabrán que es un dibujo animado muy mal hecho que transmite Discovery Kids), ella siempre tiene una gran idea en los peores momentos, y llegó a mi mente el periódico, el único que había conseguido, no pregunte como conecté mi pensamiento sobre el miedo que los perros le tienen a los periódicos con la tensión de mi musculatura y reflejos paralizados para levantar finalmente mi brazo y amagarle con el diario.

¡Bingoo! La había ahuyentado, mi tío también se había bajado del carro y piedra en mano me ayudó a alejarla definitivamente, entré temblando a la radio pero con el pensamiento fijo en la ferocidad con la que esa madre protegió a su pequeño hijo. No pensaba en mi susto, en lo cerca que estuve de una mordida sino en el instinto maternal de ese animal, que dicen los especialistas que no razona, pero sin embargo es capaz de convertirse en fiera salvaje para defender a quien quiere, al fruto de su vientre.

Y rápidamente todos esos pensamientos se fueron mezclando con la sensación de pérdida y de tristeza, y llegó a mi cabeza una interrogante ¿Por qué muchas madres venezolanas -y me incluyo- no hemos defendido con esa fiereza la integridad, el futuro y las condiciones de vida de nuestros hijos? Y otra más ¿Por qué hemos permitido que decisiones arbitrarias de otros le quiten la posibilidad a nuestros niños y adolescentes de crecer en un lugar donde su pensamiento se respete, donde sea considerado una voz que tiene voto y derecho a elegir lo que quiere para su vida?

¿Por qué el silencio ensordecedor de estos últimos días? ¿Es que acaso estamos ciegas y ciegos? ¿sordos tal vez? ¡Ah, ya sé! ¿Es que no podemos dejar el disfrute de las vacaciones a la orilla de la playa por un momento para defender lo que tenemos y nos quieren quitar, no por nosotros sino por los que heredarán los frutos de esta tierra?

Me quede abismada como días atrás, en CC Sambil Barquisimeto un grupo de jóvenes estudiantes entro a pesar de la vigilancia, con pancartas y consignas hasta la feria de las comidas para protestar por la aprobación de la ley de educación y los presentes no pasaron de aplaudirlos, cuando fueron sacados del recinto por oficiales de seguridad, nadie, ni una persona, fue capaz de salirse con ellos y menos de dejar su esparcimiento para apoyarlos en la causa. ¿Cómo defender nuestros derechos si la desidia y la irresponsabilidad no nos dejan caminar?

Este es un auto reclamo, pero si toca sus fibras, su conciencia, no lo deje para mañana, exija respeto, y levante su voz hasta que muchas más acompañen la suya para formar un coro fuerte y vibrante, seguramente escuchará la mía.

Vivo en un valle de balas

Escrito por Naky Soto el Agosto - 16 - 2009 20 Comentarios

Domingo. Despertándome un poco más tarde, agarré el paquete de Tegretol, comprobé que sólo me quedaban dos pastillas y anoté de una vez en mi fiel Moleskine que debo comprar otras. Ya la lista de necesidades farmacéuticas está lo suficientemente grande como para atenderla.

Av Libertador, casracas

Sin desayunar –como lamentablemente es mi costumbre- salí para el frigorífico y entre coplas llanerísimas, esperé paciente la atención de un carnicero que ríe tan bien como hace sus cortes, mientras transforma una pieza de seis kilos en milanesas, bistecs y otras providencias, que siempre ayudan a planear el menú proteico del mes. Pagué mi cuenta y cargué el peso acompañada de mi cuñado, que acaba de superar el terrible transe de un choque por una gandola que se salió de control en la autopista regional del centro.

Conversamos alegres sobre su bebé que es mi adoración, el motivo de las risas constantes en mi familia, pues ya arribó a sus 8 meses y por supuesto está replicando cuanta mueca observa o simplemente “le sale” en actos reflejo. Arreglé todo en el congelador, saqué lo necesario para cocinar, prendí el radio mientras buscaba uno de mis discos favoritos: Desorden Público en el Teatro Teresa Carreño, concierto al que fui y del que salí vibrando por los 18 años –en 2003- del grupo que más admiro de este país nuestro.

Elecé tiene el disco 1, así que me tocó escuchar el 2, rechistando por el desordenado uso musical de mi consorte, pero no hay cebolla, ají dulce, ni pimentón que se resista a mis decibeles mientras acompaño la voz de Horacio Blanco. Llamando a mis padres a comer, apagué el bochinche. Inevitablemente en el almuerzo renace el tema de la ley de educación, cínicamente promulgada en el mismo teatro del concierto, ayer tarde, en cadena de radio y TV, para que a nadie le quedara duda del vigor de la imposición legislativa más desoladora que nos haya tocado vivir con esta asamblea de protozoarios que cobran un salario por aplaudir y hostigar.

Fregué platos y trastos, asumí que prender la televisión no era una buena opción, que mejor me vendría caminar, aprovechar el pegoste de una ciudad de lluvias imprecisas y tráficos terribles, pero mía. Olvidé el cine en solitario y me adelanté, tras bajarme en Chacaito, a un trancazo de gente que se distribuía a placer entre un grupo de músicos peruanos, unos payasos más innobles que el mismo Popy y un vendedor de películas piratas.

Al terminar de subir la empinada avenida y ya sobre la Libertador, pasando una peluquería “Only for Chinos” –en serio-, apuré el paso pues curiosamente no había mucha gente. O bien, sí había alguien.

Un cretino se abalanzó sobre mí, tomándome por el brazo derecho, me gritó que le diera mi cartera, que me quedara quieta porque si no “¡ay!”. Su voz no sonó tan contundente, él tampoco estaba para saber que traía un contrarío enorme, que a la Ley de educación debe sumarle la ley de tierras urbanas, la de procesos electorales, el brutal asalto a 12 periodistas, la cantidad de lacrimógenas del mismo día, las amenazas de secuestro a seres que amo; la convicción de un fascismo que crece y no tiene vergüenza alguna en hacerse manifiesto en cada decisión de este gobierno-partido-fuerza armada. No. Él no tenía que saberlo.

Le grité. Me separé. Le dije que no iba a dársela, que buscara oficio y me dejara en paz. Que no me daba la gana. Mientras le gritaba, él se subía los pantalones una y otra vez, no sé si fue solo desconcierto o si en otras oportunidades le habrá servido como señal de intimidación. Tampoco me importó mucho. Si él hubiese tenido un arma, tenía que haberla usado desde el principio. Volvió a gritarme, me insultó con más rabia que al inicio. Y no me moví. No sé por qué, pero no me moví. Él comenzó a cruzar la calle y se volteó para continuar con su segundo asalto, el del ultraje con palabras. No me moví. Me crucé de brazos mientras esperaba que la distancia se hiciera mayor. Fue una estupidez, pero no me moví.

Todo me latía, durísimo. Llegó un mensaje de texto de Elecé y le respondí mientras me temblaba el pulso que estaba llegando, que por favor bajase a abrirme. Respondió un “ok” y por fin avancé hacia su encuentro. Los minutos, en clara correspondencia con la teoría de la relatividad, se me hicieron eternos. No bajaba, no llegaba, no aparecía. Y ahora sí me movía. Movía mi cabeza y mis ojos en todas las direcciones posibles. ¿Y si regresa?… Pues no le veo. Pero a Elecé tampoco.

Comencé a desacelerarme, pero la ira estaba allí, trasmutándose, recordándome cada injusta muerte que he tenido que leer, que vivir y asistir. La nuestra es una tasa de súper y sobrevivencia, una lotería. Vete tú a saber cómo te trata la fortuna en una violencia que arropa mucho más que nuestras emociones, porque no es un asunto de percepción sino de praxis. Es una licencia instalada en el imaginario de tantos tipos como éste, que acompasan el morbo y la nula compasión para asumir la vida del otro como nada.

En aquel concierto con el que cociné, en la canción “Valle de balas”, Horacio Blanco intercalaba la letra con una sesión de preguntas sobre la inseguridad, cuyas respuestas sólo transmitían la emoción de los fanáticos-víctimas en el teatro. En ellas declama:

“…porque lo que pasa, es que quienes vivimos en Caracas, estamos acostumbrados, tristemente acostumbrados, a ver armas, a escuchar balaceras, a ver muerto en la acera… y en cualquier esquina, sale una ratica…”.

Lo cantaba en el mismo Teresa Carreño donde anoche se vitoreaba una ley, legal pero ilegítima. Pues nos arrebataron la participación. Asaltaron nuestra educación. Embistieron nuestro derecho al diálogo.

Vivo en un valle de balas. Mi ciudad está brava, y yo con ella. Y me muevo, no me acostumbro; me encumbro y sigo. Aunque el plomo revienta y nadie se alarme más de la cuenta.

“Que santifiquen a José Gregorio, y el presidente pa’l sanatorio”

El video de aquel concierto

La canción Valle de balas inicia en el segundo 30”, las frases de Horacio comienzan en el minuto 2′50”.

Somos la Gentedeapie
 

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