Yo sueño con una revolución optimista
Todos los martes me preparo para asistir a dos reuniones muy importantes para mí dentro del andar comunitario en el cual me desempeño: una es la plenaria del Gobierno Parroquial de Caricuao, donde todos los gabinetes que componen el equipo de gobierno parroquial informan sobre sus reuniones particulares, acuerdos, actividades propuestas, actividades aprobadas, y todo lo que en ellos acontece; y la otra es la reunión semanal del Consejo Comunal del cual soy vocero principal de la Unidad de Gestión Financiera. Allí es donde nos reunimos para construir y dar vida a lo que denominamos Plan Comunal que no es mas que la propuesta de vida comunitaria que queremos establecer en nuestro ámbito de acción mas inmediato y que compete a las relaciones con nuestros vecinos mas cercanos y el hábitat, en su acepción mas amplia, que ocupamos.
Cada una de estas reuniones tiene sus objetivos propios, pero ambas necesitan (para poder lograrlos) que ejerzamos una ciudadanía activa, esto requiere un esfuerzo de entendimiento mutuo, de confianza, tolerancia, inclusión y de corresponsabilidad entre los que hacemos vida en esos espacios.
Nuestras comunidades necesitan, exigen, reclaman con urgencia espacios de interacción donde todos estemos presentes y para que esto sirva de verdad a un fin común: elevar nuestra calidad de vida, la de nuestros amigos, vecinos y compañeros, se nos debe garantizar y debemos exigir el poder tener injerencia (verdadera) en la toma de decisiones de los distintos niveles de gobierno.
La participación tiene rango constitucional (no lo debemos olvidar) y para que sea efectiva requiere compromiso y constancia, donde nosotros, que somos los actores, nos comportemos de forma asertiva, sin olvidar que nuestra actuación debe ser sin resentimientos, ni temores, respetando las diferentes formas de pensar en el bienestar colectivo y explotando los puntos de coincidencia, que siempre existen. Si no confiamos en los otros por motivos ideológicos, de clases, de castas o hasta de religión, no lograremos la construcción de un país como el que soñamos y queremos. Sé que esto es difícil, lo sé por experiencia propia, pero no nos queda de otra.
Volteemos la mirada hacia el futuro, sumemos voluntades, olvidemos el odio, fijémonos como norte la revolución optimista mas que la revolución bonita: una revolución donde estemos presentes todos y donde todos podamos realizar nuestro proyecto de vida. Allí me anoto yo.





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